El eclipse de los Ciruelos

Por Samuel Parra

Allá en el rancho de Pichilingue, los viejos sabios cuentan que los árboles de Ciruela visten corbata roja.

La etiqueta es rigurosa durante la noche de Luna Llena, a todos los palos les anudan el gastane, ni los chileros ni los limoneros se salvan del código.

Bailan al compás que les toquen, es una fiesta sin invitación, van en el mismo ruedo sin importar el fruto que se coseche. Incluso los maizales se suben a la tarima a dar el paso de cuatro tiempos: adelante, atrás y giro por la derecha.

Sólo los escépticos no escuchan los murmullos de la siembra, los surcos espían a los astros, observan el movimiento de las estrellas, no confían en ellas, son aves de mal aguero.

Las reglas del hombre avisan cuando la Luna haga su aparición. ¿No quieres que se asome el cochi o el gallo e intente matarte, verdad? Así lo cuentan viejos Sabios.

Si los días son benévolos, habrá cosecha de maíz. La Abuela Yolanda afila su vista hacia la línea del horizonte, ni un águila tiene tan buena mirada como ella. Antes que nadie, vislumbra a una camioneta que viene por la entrada del pueblo a recoger el elote cosechado. La mercancía se entrega sin problema, como es costumbre pero no todos los días son iguales.

A alguien le escuché decir que debes desayunar como rey, comer cual príncipe y cenar al estilo mendigo. La etiqueta no escapa a lo más elemental de la vida: el comer.

Nadie en el rancho Pichilingue se imaginó que los árboles protestarían, no les gustó la corbata roja que los hombres les anudaron al tronco. —No soy humano —protestó el ciruelo. —Yo tengo raíces, no pies —vociferó el mango.

— Hoy habrá Luna Llena —les advirtió Don Nabor —allá ustedes si se quitan el listón. Los va a eclipsar la Luna. Aquí los árboles se quedan calladitos, nomas aprendieron a hablar y quieren que los tratemos igual. Eso no va a pasar, se sienten humanos solo porque alguien les leyó una historia de George Orwell.

Los telegramas de la noche anunciaron la Luna Llena, el raspar de patas avisó que la roca brillante estaría a su máximo punto a la media noche. Los grillos jamás se equivocan cuando de leer el tarot se trata.

Hacía calor esa tarde, las piedras tenían sentimientos nobles con su inmensa compañera, no querían sudar más, lo agrio del lodo quemaría sus ojos. Los minerales de los surcos tomarían una decisión, habrían de invocar a la Luna Llena, querían apresurar su llegada para refrescar la velada nocturna.

Don Nabor clavó su pala en la tierra, por hoy terminaría las labores, entró a su casa tranquilo donde lo esperó su esposa Yolanda, hace un momento había despachado la machaca a Mazatlán.

El cántico de los minerales entonó la melodía favorita del astro luminoso: Luna, Luna, ven ya, dame, dame tu amor. El coro de las piedras era un bramar colérico, a lo lejos un hilo de luz traspasó las nubes, cosió cuantas pudo hasta formar el lomo de un borrego que empujó hasta el Río Presidio donde se ahogaron. El escenario estaría libre para la Luna Llena.

Las luces de las casas vecinas se encendieron, todavía no era la media noche cuando sus inquilinos escucharon gritos de terror y dolor. Don Agripino se acordó cuando el patrón le quemó el brazo con la braza de un nogal, así avisarían su llegada al infierno, pensó. Los habitantes de Pichilingue no dieron con bola, chillaron como animales en el matadero pero no hubo cuerpos o rastros de sangre. Olía mucho a azufre, la tierra se sentía más suelta, como si el arado no la hubiera peinado. Los curiosos revisaron sus cultivos sin llevarse sorpresa desagradables. A lo lejos, Don Nabor los observó desde su ventana, nomas veía la Luna Llena encima de ellos, los rancheros ignoraron que caminarían sobre un cementerio clandestino.

Al día siguiente, nadie reportó los árboles secos, ahí quedaron los ciruelos y limoneros torturados. Todos vieron a la Luna, pero nadie se atrevió a denunciarla.

En un restaurante, llamado El Bambú, sirvieron Tamal de Elote con Machaca a la Mexicana y Frijoles refritos. Habían pasado tres días desde que Doña Yolanda despachó la mercancía. Una muchacha, de nombre Melissa Urias ofreció una rueda de prensa en ese local, todos los comensales desayunaron las viandas de Pichilingue, ese día la Luna Llena invitó.

Publicado por Huérfanos de Saturno

Somos crítica del mundo en que vivimos y crítica de la literatura, crítica de la crítica y esa crítica es creadora siempre. La crítica del lenguaje se vuelve creación de un lenguaje.

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